Dice Robert Niemeyer en su libro, Aprender de la pérdida, que la vida nos obliga a renunciar a todas las relaciones que apreciamos, aunque raramente reflexionamos sobre esto. Un traslado, una separación, la muerte de esa persona o nuestra propia muerte, pondrán fin a relaciones que tenemos en nuestras vidas como seguras.
Si la pérdida es algo habitual, de la misma manera lo es el duelo..y, sin embargo, ¿por qué algo que va tan unido a la vida nos resulta tan complicado de encajar?
Esta respuesta natural de aflicción ante la pérdida es un proceso que va a necesitar tiempo. Y ya lo aviso, el entorno no nos lo va a dar; más bien al contrario, nos va a urgir a recuperarnos rápido, a volver a la vida lo antes posible. A veces, nosotros mismos nos ponemos plazos temporales.
Pero, claro, si tu pareja, tu padre, tu hija ha muerto, no es tan fácil volver a la vida, mucho menos a la de antes. Este proceso necesita un periodo de adaptación para nuestro cerebro, nuestras emociones y sobre todo, nuestra alma (signifique esto lo que signifique). Tiempo para vivir la tristeza, para expresarla, para contar al mundo nuestro miedo, nuestra rabia, nuestro enfado con la vida porque esa persona ya no está. Y, evidentemente, necesitamos a alguien que nos escuche y comprenda el inmenso dolor que supone poner fin a una de las relaciones más importantes o quizás la más importante de nuestra vida.
Los duelos que hemos de transitar nos resultarían más fáciles si lo que llamamos apoyo social (familia, amigos, vecinos,…) nos permitiera contar cómo nos sentimos y acogiera nuestra tristeza y nuestro llanto, pero esto raramente ocurre: la sociedad no acepta bien la pena de los individuos y prefiere mirar para otro lado cuando la muerte asoma de una manera u otra.
Así que los dolientes, sin entornos amables que acepten su dolor, lo guardan bien escondido, sin que se note. Pero el dolor, la pena y la angustia buscan como el agua, sus propios caminos, y lo que debería ser un proceso natural bien resuelto si todos, como sociedad, como familia, como amigos estuviéramos atentos, acaba, con relativa frecuencia, en la consulta de un profesional.
Permitámonos sentirnos frágiles, vulnerables y abracemos de corazón al que siente la tristeza de la muerte.